El trabajo de Máximo Hermano es acompañar a las personas en sus procesos emocionales, facilitando su «darse cuenta», como punto de partida para el cambio, y su crecimiento personal. A lo largo de su experiencia profesional, ha intervenido en numerosos procesos personales y en más de trescientos casos de crisis de familia. Es Coach Certificado por la Asociación Española de Coaching y miembro de la Asociación Española de Terapia Gestalt. Ha cursado estudios de Postgrado de Coaching en la Universidad de Valladolid (España), de Intervención Familiar en la Universidad de Concepción (Chile) y de Terapia Gestalt en la Escuela Chilena de Desarrollo Personal y Terapia Gestalt. Además, es Licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid, habiendo ejercido durante quince años como abogado especializado en Derecho de Familia. Publica en Facebook el blog de desarrollo personal lapuntadeldichoso @almaultreia, seguido por más de 100.000 lectores en Latinoamérica, Estados Unidos y España. Es el autor del libro «22 CUENTOS PARA EL ALMA. El camino de la felicidad».
  • Mindfulness 100%
  • Coaching 100%
  • Mediación familiar 100%
  • Terapia Gestalt 100%

Biografía personal

Los tres pilares de mi vida son: coherencia, compromiso y responsabilidad.

Nací en Palencia, una pequeña ciudad castellana de la meseta española. Vi la luz en mayo de mil novecientos sesenta y ocho, el mismo mes en el que las protestas de los estudiantes franceses hicieron temblar Europa entera.

Vine al mundo en el seno de una familia humilde. Tuve la suerte de ser el pequeño de cinco hermanos, por lo que crecí con un gran margen de libertad ganada por ellos a mis padres a lo largo de muchas batallas.

Fui un niño feliz y un adolescente que disfrutó de su tiempo entre el juego y la poesía.

Cuando cumplí los dieciocho empecé mis estudios universitarios de Derecho en Valladolid (España), aunque lo cierto es que me apasionaban más los libros de filosofía que los de leyes.

Al cabo de los cinco años de Universidad, en los que nació en mí la ilusión de ser abogado y, tras perder un año de mi vida en el servicio militar obligatorio, intenté sin éxito que me emplearan como ayudante en algún bufete.

Poco después, empecé a trabajar en un banco, donde, al cabo de unos meses, me nombraron director. Durante ocho años, en los que peregriné por varias oficinas y ciudades, aprendí que el dinero es necesario para vivir pero que no puede comprar la esencia de la vida.

Lo mejor de esta etapa fue el nacimiento de Irene; mi hija llegó para enderezar mi rumbo.

El banco y yo no estábamos hechos el uno para el otro, así que, por suerte, al final logré que me despidieran. Tres meses después, armado con una ilusión desbordante y con el apoyo de la madre de Irene, inauguré mi propio despacho de abogado.

El comienzo fue poco fácil, pero la autoconfianza y el esfuerzo sin desmayo pudieron con todo. Al cabo de dos años, compaginaba la profesión de letrado con la responsabilidad que mis conciudadanos me habían dado eligiéndome Concejal de Seguridad del Ayuntamiento de mi ciudad natal: todo un honor.

Sin embargo, el paso por la política no afloró lo mejor de mí, por lo que decidí abandonar ese barco. Corría el año dos mil siete: fue el inicio del cambio.

Unos meses más tarde me dije: “Máximo, para poder cuidar de los tuyos, debes empezar por cuidar de ti mismo”. Así empecé a correr. Recuerdo que el primer día no fui capaz de acabar una vuelta al parque, pero no me rendí. Entrené a diario, con sol y lluvia, de día y de noche, solo o en compañía de mi mentor, hasta que, al cabo de dos años, fui capaz de trotar dos horas seguidas mientras mantenía una conversación con mi maestro.

El resto de mi tiempo lo volqué en el trabajo; dediqué todos mis recursos a defender a mis clientes. Se trataba principalmente de mujeres sumergidas en la angustia que genera un proceso de ruptura familiar. A su lado aprendí a gestionar las emociones en momentos difíciles. Defendí sus derechos y luché para que recuperaran su autoestima, acompañándolas en el difícil camino de volver a empezar.

Tras intervenir en más de trescientos casos de crisis familiar, llegó mi turno. Había demorado la decisión por miedo a lo desconocido, pero al final, comprendí que esa situación no me conducía a ninguna parte; así que acepté lo inevitable y me divorcié. Corría el año dos mil trece: el cambio crecía.

Por otra parte, ese mismo año acabé mi primera maratón en Barcelona: la sensación al cruzar la meta fue indescriptible. Luego vendrían dos más.

El año dos mil quince la crisis financiera mundial me llevó a tomar otra decisión dolorosa, pero necesaria: asumí la responsabilidad de despedir a mis tres compañeras, con las que tanto esfuerzo había compartido en ese proyecto y cerré mi despacho en mi ciudad natal.

Este hecho fue el punto de inflexión definitivo para dar el gran salto hacia el cambio total. Colgué la toga y volví a la Universidad para completar académicamente mi experiencia profesional a través del coaching, la intervención familiar y la terapia Gestalt. Después de una década de transformación constante, hoy puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que soy un hombre nuevo. He descubierto mi esencia y me he reencontrado con el amor, el arma más poderosa del mundo.

Biografía personal

Los tres pilares de mi vida son: coherencia, compromiso y responsabilidad.

Nací en Palencia, una pequeña ciudad castellana de la meseta española. Vi la luz en mayo de mil novecientos sesenta y ocho, el mismo mes en el que las protestas de los estudiantes franceses hicieron temblar Europa entera.

Vine al mundo en el seno de una familia humilde. Tuve la suerte de ser el pequeño de cinco hermanos, por lo que crecí con un gran margen de libertad ganada por ellos a mis padres a lo largo de muchas batallas.

Fui un niño feliz y un adolescente que disfrutó de su tiempo entre el juego y la poesía.

Cuando cumplí los dieciocho empecé mis estudios universitarios de Derecho en Valladolid (España), aunque lo cierto es que me apasionaban más los libros de filosofía que los de leyes.

Al cabo de los cinco años de Universidad, en los que nació en mí la ilusión de ser abogado y, tras perder un año de mi vida en el servicio militar obligatorio, intenté sin éxito que me emplearan como ayudante en algún bufete.

Poco después, empecé a trabajar en un banco, donde, al cabo de unos meses, me nombraron director. Durante ocho años, en los que peregriné por varias oficinas y ciudades, aprendí que el dinero es necesario para vivir pero que no puede comprar la esencia de la vida.

Lo mejor de esta etapa fue el nacimiento de Irene; mi hija llegó para enderezar mi rumbo.

El banco y yo no estábamos hechos el uno para el otro, así que, por suerte, al final logré que me despidieran. Tres meses después, armado con una ilusión desbordante y con el apoyo de la madre de Irene, inauguré mi propio despacho de abogado.

El comienzo fue poco fácil, pero la autoconfianza y el esfuerzo sin desmayo pudieron con todo. Al cabo de dos años, compaginaba la profesión de letrado con la responsabilidad que mis conciudadanos me habían dado eligiéndome Concejal de Seguridad del Ayuntamiento de mi ciudad natal: todo un honor.

Sin embargo, el paso por la política no afloró lo mejor de mí, por lo que decidí abandonar ese barco. Corría el año dos mil siete: fue el inicio del cambio.

Unos meses más tarde me dije: “Máximo, para poder cuidar de los tuyos, debes empezar por cuidar de ti mismo”. Así empecé a correr. Recuerdo que el primer día no fui capaz de acabar una vuelta al parque, pero no me rendí. Entrené a diario, con sol y lluvia, de día y de noche, solo o en compañía de mi mentor, hasta que, al cabo de dos años, fui capaz de trotar dos horas seguidas mientras mantenía una conversación con mi maestro.

El resto de mi tiempo lo volqué en el trabajo; dediqué todos mis recursos a defender a mis clientes. Se trataba principalmente de mujeres sumergidas en la angustia que genera un proceso de ruptura familiar. A su lado aprendí a gestionar las emociones en momentos difíciles. Defendí sus derechos y luché para que recuperaran su autoestima, acompañándolas en el difícil camino de volver a empezar.

Tras intervenir en más de trescientos casos de crisis familiar, llegó mi turno. Había demorado la decisión por miedo a lo desconocido, pero al final, comprendí que esa situación no me conducía a ninguna parte; así que acepté lo inevitable y me divorcié. Corría el año dos mil trece: el cambio crecía.

Por otra parte, ese mismo año acabé mi primera maratón en Barcelona: la sensación al cruzar la meta fue indescriptible. Luego vendrían dos más.

El año dos mil quince la crisis financiera mundial me llevó a tomar otra decisión dolorosa, pero necesaria: asumí la responsabilidad de despedir a mis tres compañeras, con las que tanto esfuerzo había compartido en ese proyecto y cerré mi despacho en mi ciudad natal.

Este hecho fue el punto de inflexión definitivo para dar el gran salto hacia el cambio total. Colgué la toga y volví a la Universidad para completar académicamente mi experiencia profesional a través del mindfulness, el coaching, la intervención familiar y la terapia Gestalt. Después de una década de transformación constante, hoy puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que soy un hombre nuevo. He descubierto mi esencia y me he reencontrado con el amor, el arma más poderosa del mundo.