Ximena se acomodó en su asiento y se puso los auriculares. Carecía del ánimo necesario para hablar con nadie durante el vuelo.

Los últimos dos años habían sido un infierno en el que, cada noche, sin fallar una sola, la tristeza le había visitado para comer de su mano. Se sentía exhausta, necesitaba liberar su cabeza de los ruidos que la golpeaban sin cesar.

Al principio del abandono, se había negado a asumir la situación, engañándose a sí misma, restando importancia al desastre e intentando convencerse de que no necesitaba reparar ningún daño. No estaba dispuesta a reconocer su debilidad.

Sin embargo, lo cierto es que se le había partido el corazón, como se quiebra el tronco de un árbol calcinado por un rayo.